20 de octubre de 2016

Quererte sin fin

Sin saber por qué te quedas fijamente mirando. Mirando a un solo punto, como si tu mirada lo perforace. Realmente no piensas en nada, tu mente se queda en blanco. Se acerca por la espalda y te da un cálido beso en la nuca. Tu cuerpo se estremece como el primer día y aún no has encontrado una explicación a ello. Te giras y ahí está él, mirándote con esos ojos verdes que tanto te gustan. Te escondes en su cuello, te besa la frente, te sientes intocable, protegida, en el mejor sitio del mundo. Notas su tacto, su cuerpo, su calidez, su olor. Notas sus latidos y su respiración y sólo te centras en eso porque no hay una sensación mejor. Sus labios recorren todo tu cuerpo, morderlos cuando se acercan a tu boca. Los tuyos besan cada centímetro de su piel, dando pequeños mordiscos cuando tu cuerpo te lo pide. Sabes que eres suya y que él es tuyo, porque el ying no es nada sin el yang. Sientes como el pulso se acelera, como se forma una preciosa armonía que sólo ambos son capaces de sentir, algo que nadie más entendería. El silencio lo dice todo. Besos, besos y más besos. Hacer que explotes, que explotes de mil maneras, que explotes de amor, que sea el único que conoce tus secretos, tus más profundos complejos, tus puntos más débiles. Que haga que tus momentos más incómodos se vuelvan los más naturales, hace que te vuelvas adicta a él. Adicta a sus abrazos, a sus brazos, a su espalda, a su lengua, a todo aquello que sea él. Marcas de guerra por su cuerpo. Contar todos sus lunares. Mirarlo cuando duerme y acariciar sus mechones rubios. Tumbarte en su pecho y preguntarte cómo has llegado a quererlo tanto, sin darte cuenta. Darle todo de ti, absolutamente todo. Gritarle cuando no lo soportas, decirle de todo y luego arrepentirte porque sabes que realmente no lo piensas. Tras la tormenta llega la calma. La reconciliación. Quererlo más que nunca. Quererlo como a nadie. Quererlo como si te fuera vida en ello. Quererlo hasta morir.

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