27 de diciembre de 2011

Eat the world.

Es ridículo empatar la mañana con el mediodía, levantarse de la cama con un frío incontratable, dirigirse al baño y encontrar el reflejo de un rostro con ojeras debido a noches en vela sin motivo alguno y sin nombrar las marcas de las sábanas aun en la cara. Vuelves a la  habitación oscura, te aproximas a la ventana y levantas la persiana, el Sol te ciega y en un gesto rápido apartas la mirada, te das la vuelta, enciendes el ordenador y sin ganas te recoges el pelo... Bajas las escaleras y entras en la cocina buscando algo para callar los rugidos de tu estómago, vuelves por donde vinistes, pasas por delante de otro y vuelves a ver el mismo rostro, solo que más despierto; sonríes por verte bien y satisfecha, subes las escaleras con más ánimos. Llegas a la habitación que antes era oscura y que en cambio ahora abunda la claridad natural, coges el rotulador que estaba encima de la impresora la cual había estado imprimiendo fotos con mucha gente en ellas y todas con una gran sonrisa, te acercas al espejo y en grande escribes; "¡Hoy, me voy a comer el mundo como nunca lo había hecho!" Te ríes de tu propia cara de felicidad, te vistes, y con un paso ligero sales a la calle para hacer lo dicho; Comerte el mundo.

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